Nuestra historia comienza a principios de siglo a orillas del río Mississippi, en sus páramos infestados de reptiles desde los cuales llegan, en las noches de luna llena, los aullidos del hombre lobo de Nueva Orleans. El legendario Mississippi no merece dicho apelativo sólo por las novelas y películas que le han elegido como escenario ni por ser el símbolo más conocido del deep South, el profundo sur norteamericano. El Mississippi es también legendario por sus múltiples leyendas y cuentos de fantasmas, alimentados noche tras noche por las historias de las abuelas de las plantaciones y exacerbados por la también legendaria superstición de los esclavos negros.
Sin embargo, y sorprendentemente tratándose de
un libro de estas características, nuestro interés no se centra en estos
cuentos de espíritus venidos de los lóbregos pantanos, sino en los polvorientos
cruces de caminos rurales y en los arrozales y campos de algodón, donde los
recios jornaleros negros cantan los espirituales aprendidos de sus antepasados para
hacer más llevadero su trabajo bajo el sol. De la adaptación de estos cánticos
a las nada sacras fiestas de los sábados por la noche surgió el blues. Y el blues gestó y dio a luz al rock
and roll. Ambos estilos musicales nacieron bajo la sombra del Diablo y, de
un modo u otro, han seguido juntos hasta la
Robert Johnson, el bluesman que vendió su alma al diablo
El 8 de
mayo de 1911 nació en Hazelhurst, Mississippi, Robert Lee Johnson, hijo
ilegítimo de Julie Ann Majors y el aparcero Noah Johnson. Si Robert Johnson no
hubiera nacido, el blues se las
tendría que haber ingeniado para inventárselo, puesto que su vida se ha
convertido en el arquetipo del bluesman.
El bebedor y mujeriego Johnson vivió poco —murió a la edad de veintisiete años
en circunstancias poco claras— pero su ajetreado e intenso estilo de vida puede
resumirse en estas líneas de su canción ‘Me and the Devil blues’ (Blues de mí y
del Diablo):
You may bury my body Debéis enterrar mi cuerpo down by the
highway side, a un lado de la carretera,
so my old evil spirit para que
mi viejo y malvado espíritu can get a Greyhound bus and ride pueda tomar un autobús Greyhound y viajar.
Robert Johnson, Me and the Devil blues
En 1927, el joven Robert dejó sus estudios y se
puso a trabajar en la Plantación Leatherman, en Robinsonville, junto a sus
nueve hermanos, su madre y el amante de ésta. Al mismo tiempo, aprendió a tocar
la armónica y, poco después, la guitarra. Su estilo era del agrado de otros
músicos locales como Willie Brown, a través de los cuales conoció a
personalidades del blues como Charlie
Patton y Son House. Este último no quedó muy impresionado por el estilo de
Johnson con la guitarra, pero, unos años más tarde, sería esa misma guitarra la
que le haría decir la frase que inició la leyenda de Johnson y unió
indisolublemente la música popular con la figura del Diablo.
Esa frase tan famosa y trascendental fue
pronunciada por House en torno a 1932. Johnson había perdido a su primera mujer
en el verano de 1930, durante el parto de un bebé que también murió. Casado
poco después con una chica llamada Callie Craft en el Condado de Copiah, Robert
Johnson empezó a ser conocido como un músico excitante al que merecía la pena
tener en cuenta para amenizar los bailes de los sábados por la noche. En 1932
volvió a Robinsonville y tocó para Willie Brown y Son House. Ambos, conocidos y
experimentados bluesmen, no pudieron
sino escuchar con la boca abierta. Y entonces, House dijo: «Ha vendido su alma al Diablo para tocar así».
Había nacido un mito del blues y una leyenda, la referente a la venta que los músicos hacen
de su alma al Diablo a cambio de adquirir fama y habilidades sobrenaturales
como instrumentistas. La historia del rock
está salpicada de esas supuestas ventas y posesiones: los Rolling Stones, Led
Zeppelin y Black Sabbath son sólo algunos de los ejemplos más notables.
El boca a boca se ocupó de agrandar y
fundamentar la afirmación de Son House, y la leyenda de Robert Johnson quedó
configurada como sigue: el bluesman
había vendido su alma al Diablo, a cambio de su sorprendente e innovadora
técnica para tocar la guitarra, en un trato que se había llevado a cabo en un
cruce de caminos.
No se llegó al extremo de especificar en qué
cruce de caminos Robert Johnson había realizado su pacto con Lucifer, pero la
memoria del mismo se perpetuó entre los seguidores de la música popular. Hasta
tal punto que el blues y sus
derivaciones posteriores fueron, son y serán consideradas para siempre como una
música de inspiración y connotaciones diabólicas.
Robert Johnson demuestra su
endiablada técnica con la guitarra.
La satanización —nunca mejor dicho— del blues por parte de los pastores
eclesiásticos provocó el enfrentamiento de las creencias y la cultura de la
población negra con los valores cristianos, que alentaban mitos y rumores, uno
de los cuales era que si alguien demostraba una habilidad especial a la hora de
tocar un instrumento, seguramente la habría conseguido por medios
sobrenaturales. Según estas tesis que los predicadores impartían a sus
feligreses, si éstos acudían de medianoche a un cruce de caminos podrían
encontrarse con el Diablo y realizar el trueque: sus almas por su música, ¿y cuál
era la música del Diablo? Evidentemente, el blues,
a cuya mala fama ayudaba su relación con el juego, el whiskey y las mujeres de mala reputación.
Robert
Johnson no hizo nada por desmentir los rumores en torno a su persona. Es más,
contribuyó al afianzamiento de su propia leyenda con la incorporación de la
figura del Diablo a algunas de sus composiciones más conocidas, como ‘Hell
bound in my trail’ (El infierno me sigue la pista) y ‘Me and the Devil blues’. A
esta última pertenecen los versos:
|
Early this morning when you knocked upon my door and I said: «Hello Satan I believe it’s time to go», me and the Devil
was walking side by side. I’m goin’ to beat my woman until I get satisfied. |
Esta
mañana temprano cuando llamaste a mi puerta y yo dije: «Hola, Satán, creo que es hora de
irse», yo y el Diablo caminábamos uno al lado del otro. Voy a
pegarle a mi mujer hasta quedar satisfecho. |
Robert Johnson, Me and the Devil blues

Me and the Devil blues
Robert Johnson
Johnson también reflejó en sus canciones —y, por supuesto, esto también fue utilizado para reafirmar la verosimilitud de su pacto con Satanás— un tema que sería revisitado innumerables veces en los albores del rock and roll: la lucha entre el bien y el mal.
Es posible que Robert Johnson aprendiera del
Demonio sus aptitudes musicales, pero lo cierto es que el contrato que firmó
con el viejo Luz Bel no debía incluir ninguna cláusula referente a la
longevidad, a juzgar por la pronta muerte del blueman de Hazelhurst. No obstante, las dudas en torno a las causas
reales de la misma refuerzan más aún su leyenda de indomable.
Lo único que se sabe con
absoluta certeza de la muerte de Robert Johnson es la fecha: 16 de agosto de
1938. Respecto a la causa, aparecen diversas teorías —unas con más peso que
otras— sin que hasta el momento se haya llegado a un consenso. El propio bluesman Son House lo contaba de este
modo: «Su madre nos dijo que había
muerto. Nunca supimos cuál fue la causa real de su muerte. Primero oímos que
había sido asesinado a puñaladas. Lo siguiente, que una mujer le había
envenenado. Después, oímos otra cosa. Ahora no puedo recordar qué, pero eran
tres cosas diferentes. Nunca logramos averiguar cuál fue la verdadera».
Además, las causas esgrimidas para explicar su
temprana muerte presentan diferentes versiones. Así, su muerte violenta pudo
ser a puñaladas o a tiros, depende de quién lo cuente. Su muerte por
envenenamiento —la teoría comúnmente aceptada e incluso avalada por diversos bluesmen que le conocieron— pudo ser
llevada a cabo por una amante celosa o un marido despechado. Sea como fuere, sí
está claro que el móvil del crimen fue un asunto de faldas provocado por la
afición de Robert Johnson a las mujeres. Son House ya se lo había advertido: «Le di un pequeño consejo. Le dije: “Ahora,
Robert, vas a tocar en los bailes de los sábados por la noche. Debes tener
cuidado, porque es posible que pierdas la cabeza detrás de las chicas. Cuando
estás tocando en esos bailes y todas esas chicas se ponen ciegas de whiskey de
maíz y rape… Tú estás tocando una buena canción que a ellas les gusta y se te
acercan y te dicen: Papaíto, tócala otra vez, papaíto…, no dejes que te vuelvan
loco, porque podrías resultar asesinado”. No me debió prestar mucha atención»,
concluye un lacónico House.
De acuerdo con la versión del envenenamiento,
Robert Johnson ofreció su última actuación en el Three Forks Store en las
afueras de Greenwood, Mississippi, en agosto de 1938. Según cuenta Dave Honey
Boy Edwards, que tocó con él aquella noche, el dueño de un salón de baile
local, cuando se enteró de la aventura que Johnson tenía con su mujer, fingió
que no lo sabía y recogió al guitarrista antes que a los demás músicos, de modo
que pudo darle a beber whiskey
envenenado, probablemente con estricnina. Mientras tocaba, Johnson comenzó a
sentirse mal. Cuando Honey Boy y los demás músicos llegaron al local, vieron a
Johnson sentado en una esquina, encorvado sobre su guitarra y con mal aspecto.
Le dijeron que seguro que una copa le ayudaría a mejorarse, pero ocurrió justo
lo contrario y Johnson comenzó a sentirse cada vez peor.
Robert Johnson, el bluesmam que vendió s alma al diablo.
Dado que sus amigos no tenían dinero para pagarle un médico, Johnson murió tres días después sin haber sido atendido. Ningún doctor firmó su certificado de defunción, y el testigo, un tal Jim Moore, nunca ha sido encontrado. El yerno del bluesman hechizado jura y perjura que Johnson fue envenenado, ya que él mismo le vio agonizar a cuatro patas aullando como un perro, como ese cancerbero que le había seguido de cerca toda su vida. Y los días continúan preocupándome, there’s a hell hound on my trail. un sabueso del infierno me sigue la pista.
Robert Johnson, Hell bound on my trail
No obstante su repentina y temprana muerte,
Robert Johnson tuvo tiempo de dejar grabadas para la posteridad veintinueve
canciones que hablan de despecho, desengaño, arrepentimiento, dilemas morales
y, por supuesto, del Maligno. En ellas puede apreciarse el inconfundible estilo
y destreza que le hicieron una leyenda de la guitarra, ya fuera por sus dedos
extremadamente largos o por un pacto con el Diablo sellado a medianoche en un
cruce de caminos.
Aparte de Robert Johnson, pocos bluesmen fueron asociados tan
directamente a la figura del Diablo. Tommy Johnson (18961956), nacido en Terry
(Mississippi), compartió con el guitarrista de Hazelhurst algo más que el
apellido. Como éste, era un mujeriego empedernido y un bebedor compulsivo.
Cuenta la leyenda que, cuando no había whiskey
disponible, Tommy era capaz de beber Sterno —una especie de alcohol
desnaturalizado— e incluso betún. También flirteó con Lucifer. La diferencia
entre las relaciones de ambos con el Diablo es que, en el caso de Robert, la
leyenda nació de los comentarios y rumores de la gente, mientras que Tommy se
ocupó personalmente de explicar en todo momento y ocasión ante sus amigos y
admiradores que había adquirido su talento para el blues a cambio de vender su alma al Diablo. En escena, Tommy
Johnson se esforzaba por parecer poseído en actuaciones llenas de histrionismo,
en las que llegaba a tocar la guitarra por detrás de su cuello. No se sabe qué
puede haber de cierto en la historia de un hombre que se esfuerza tanto en dar
a conocer sus contactos infernales; puede que dijese la verdad, puede que Tommy
Johnson fuera el primer farsante en utilizar la figura del Demonio para
aumentar su fama —actitud que se convertiría en un hábito en el gran circo del heavy metal de los años 80— o puede que
sus afirmaciones tan sólo se debieran a que bebía demasiado.
Las leyendas personales de Robert y Tommy
Johnson, independientemente de su verosimilitud, sirvieron para cargar al blues (y, por extensión, a los sucesivos
géneros de música popular que irían surgiendo del mismo) con el sambenito de
«música del Diablo», lo cual generó auténticos problemas morales en el inicio
de la carrera de muchos bluesmen hoy
ya consagrados. Y es que muchos de ellos provenían de entornos donde la
religión y la espiritualidad estaban muy arraigadas y, por eso, son muchos los
casos de músicos que llegaron al blues
desde el gospel y los coros de las
iglesias.
John Lee Hooker, nacido el 17 de agosto de 1920
en Clarksdale (Mississippi), aprendió de niño a cantar en la iglesia. Durante
su adolescencia profesó un gran interés por la música religiosa, especialmente
por el gospel. Cuando su padrastro,
Will Moore, le enseñó la técnica básica para tocar blues con la guitarra, fue ganado para la causa de Belcebú.
Las primeras influencias musicales de Willie
Dixon (1 de julio de 1915-29 de enero de 1992) fueron también religiosas, ya
que su madre escribía y recitaba poesía de carácter sacro. Su primera labor
profesional la desarrolló en el grupo Union Jubilee Singers, un cuarteto de
gospel que tenía su propio programa de radio en la emisora WQBC de Vicksburg, su pueblo natal.
Pero no todos los músicos del Mississippi lo tuvieron
tan fácil para llegar a convertirse en bluesmen.
La leyenda negra de este género musical hizo que muchos ocultaran sus
inclinaciones musicales a sus familias. Es el caso de Robert Jr Lockwood,
nacido en Turkey Scratch (Arkansas) en 1915, que aprendió a tocar la guitarra
de la mano del auténtico «Demonio» del blues,
Robert Johnson. Su abuelo, un predicador, le enseñó a tocar el órgano cuando
era un niño. Al joven Robert le gustaba el blues,
pero no podía tocarlo en presencia de su abuelo. Según sus propias palabras: «No podía tocar ante mi abuelo porque era
predicador. Me gustaba el blues y lo tocaba en el órgano. En mi familia, todos
tocábamos blues en el órgano. Mi abuelo no lo sabía». Cuando Robert Jr
Lockwood tenía trece años, su madre se fue a vivir con Robert Johnson. Desde el
mismo momento en que le oyó tocar la guitarra, decidió abandonar el órgano y
vender su alma al blues.

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